Hola. Me llamo Biky Cereza y me acabo de desmayar en el lavadero de mi casa. Tengo cuarenta y tres años, una hija y varios amantes. Soy pintora e ilustradora y hasta hace un año me sentía divina, una tía con suerte. Ahora estoy tumbada en el suelo, encima de unas frías y sucias –no hay nada a hacer– baldosas del lugar de la casa que menos quiero. Estaba yo en cuclillas, acabando de poner una lavadora con prisa y rabia y al apretar el “start” me he quedado hipnotizada con las vueltas que daba el ejército de Hello Kitties sin sonrisa del pijama de mi hija.
Un difuso y diabólico fundido a negro me ha derrumbado y me he quedado así como estoy, tirada en el suelo con mis sandalias de esparto italianas que me afinan las piernas y un brazo mal doblado y aplastado bajo mi espalda. Pero no siento dolor, no siento nada. Casi diría que estoy muerta. Pero no puedo estar muerta. No puedo estarlo por mi hija Olivia, por todo el sexo que me queda por hacer, por los bikinis que me acabo de comprar con un –ya no tan nuevo pero aún extraño– sentimiento de culpa, por mi hermana Celeste, por la ilustración sobre Chanel que tengo que entregar y por dejar de ser una jodida autónoma sin apenas ingresos. Pero además porque oigo ladrar al plasta del perro del cuarto primera. ¿Me habré quedado tetrapléjica? No sé qué es peor. Si me voy a quedar postrada en una silla al menos que me quede movilidad en la mano derecha y pueda seguir pintando, pintar es lo único que sé hacer, lo único que me puede salvar de esta dilapidante crisis que nos está hundiendo en la miseria. Tengo que entregar el dibujo a la revista pasado mañana, como sea, muerta o tetrapléjica, aunque sea precisamente la mano derecha la que tengo retorcida y aplastada bajo mi espalda. Bueno, basta, ¡basta ya! Nada de esto va en serio, ni va a durar mucho. Voy a pensar en París y Chanel y así adelanto trabajo. Jaqueline llegará, hoy es lunes y le toca venir, llegará tarde como siempre, entrará en el lavadero y se pondrá a gritar como la histérica latina supersticiosa que es y todo se arreglará. La odio, pero acaba arreglando las cosas, la odiaba aún más cuando venía cada día y me hacía tantas cosas, hasta me ordenaba los armarios y sacaba el polvo de los zapatos, ahora casi la quiero con amor entregado, la espero con ansia, por puro desespero, no sé qué haré el día que no pueda pagarle ni las tres horas a la semana en que me mal friega el suelo y los cristales.
Piensa en París, en París, en París. Tengo que imaginar que estoy paseando por Saint-Honoré y que me acerco a Colette, que miro de reojo el escaparate de Chantal Thomass, como hacía antes, preguntándome si esa lencería de lujo, tan cursi y tan francesa, casi un chiste, me pone o no cachonda, no hace tanto de eso, pero qué tiempos. Conozco muy bien la ciudad y puedo imaginar perfectamente que estoy ahora allí, sin necesidad de coger un incómodo y enrollado avión low cost que me saque de mis casillas, una no llega a los cuarenta sin conocer bien París, Londres o New York. ¿O sí? Bueno, yo no soy de esas, no soporto el campo ni las provincias, yo, como dice Boris Izaguirre, soy de ciudades y cuánto más importantes sean y más zapaterías tengan mejor, y eso lo añado yo. El resto me deprime, sobretodo si por las calles apenas anda gente y no ha llegado ningún Zara a ellas.
Así he sido hasta ahora, hasta hace poco más de un año, cuando yo era una chica con glamour que vivía de su trabajo. Ahora todo está cambiando, todo va mal. Vivo en un país con un 23% de paro y este mes no tengo encargos y sí unos autónomos que pagar, 300€ al mes que a mí no me dan derecho a paro, y eso, nunca, –como nada, en realidad– me ha parecido motivo para salir a la calle a manifestarme, resulta que yo no sé a quién culpar de mi marrón sino es a mí misma. Hoy sólo sé que tengo una ilustración que resolver y que estoy obligada a hacerla más que bien, de miedo, aunque se dé esta extraña circunstancia de estar aquí tirada, un lunes a las 11 de la mañana, sin poderme mover, en un frío suelo con olor a ropa sucia y lejía.
¿Me habré desmayado por esta incertidumbre paralizante de no saber si llegaré a fin de mes? ¿Porque me estoy planteando poner a mi hija en una escuela pública? Esta última pregunta parecerá de lo más pijo a según quien, pero es que yo era una chica divina antes de que esta maldita crisis lo jodiera todo.
¡Despierta, Biky, despierta, despierta! Tengo los ojos abiertos y la cabeza muy clara y por mis muertos o por mi chulería de otros tiempos, ésta que soy yo y que se llama Cereza, se catapulta a París en un plis: Me veo en la rue Cambon mirando cómo chicas de veinticinco años –árabes con pañuelos en la cabeza y orientales con las uñas a medio esmaltar– revuelven bolsos de 4.000€ como si seleccionaran patatas en una parada de mercado; los giran, los toquetean, los sueltan –que no los dejan– en el mostrador, una madre con aspecto de refugiada, más bien cansada, –se supone que así debe estar una refugiada, ¿no?: cansada– ve cómo, probablemente su hija, desprecia el quinto bolso de piel verde esmeralda, quien sabe si porque el logo es demasiado pequeño o porque cree que Paris Hilton no lo escogería.
Ya lo tengo, voy a pintar eso. A la refugiada y a París Hilton comprando en la boutique que hace medio siglo se erigió en la cuna de la elegancia mundial, o sea, europea.
Oigo que Jaqueline abre la puerta. Jaqueline es bajita, regordeta y bolivana. Y seguro que me va a salvar de ésta.
(continuará)

Eva, ya puedes espabilar, que tengo ganas de leer el siguiente. ¡Me encanta! Es una manera muy divertida -me gusta lo del desmayo, y el yogurt- de ver lo que sienten ahora tantas cabecitas confundidas y desesperadas.
El 1 de octubre más….
Yo recuerdo que antes de los treinta los derivados lácteos me dejaban KO.
Ah sí?… Eso me da que pensar…
Me has hecho reír mucho mucho mucho… Me muero de ganas de leer tu novela… Espero que el día 10 me dediques una. Un beso fuerte! Ana